NADA MAS

Mientras pasaba las paginas del libro le iba recordando.

El aroma a hojas nuevas, a librería de barrio, a madera añeja y a brandy.

Su aroma y su recuerdo le invadían sin lograr desprenderse de él.

No podía y no quería olvidarlo.

Había sido una persona importante en su vida. Quizás aún lo era. Quizás lo sería para siempre.

Recordaba el tintineo de la puerta del café la primera vez que sus ojos se cruzaron.

Ella esperaba paciente a que la lluvia arreciara. Se había refugiado en los soportales de la plaza pero sentía frío y prefirió sentarse a esperar delante de un humeante té con leche.

Le gustaba ver llover tras los cristales casi tanto como le disgustaba mojarse. Por eso cuando la puerta se abrió dirigió su mirada a quien, nunca hubiera imaginado, se iba a convertir en la persona que cambiaría su vida, sus planes, sus sueños…

Era alto, llevaba un traje bien cortado y un paraguas en la mano que sacudió antes de entrar en el local.

La mandíbula ancha le hacia parecer tan seguro de sí mismo como le fue demostrando a lo largo de los años.

Se dirigió a la barra y pidió café. Sólo café.

Le siguió con la mirada. La intuición o quizás su atrevimiento le hizo volverse a mirarme, y los ojos se quedaron enganchados en los suyos un minuto interminable.

Sonrió.

Con un leve movimiento de cabeza  pidió permiso para acercarse. Y se lo dió. Cruzaron alguna palabra de obligada cortesía y le pidió que se sentara. A su lado. Para ver la lluvia tras el cristal. Para esperar el arco iris juntos. Para sentir mas cercana su presencia.

Salieron del café juntos, ella agarrada de su brazo. Él le acompañó en un tramo del camino. Se despidieron amables y quedaron en llamarse para hablar.

Y así fue.

Emprendierpon un camino aquella tarde que, de forma inesperada, les llevó a sus anhelos de encontrar la persona que completara sus vidas. Caminaron durante años recordando y recordándose aquel primer encuentro premonitorio.

Cuando se fué para siempre, no acababa de encontrar el sosiego necesario para abarcar tanta pena.

Sólo el paso de los años consiguió que se calmara. Que aprendiera a disfrutar de los recuerdos de un aroma evocador, sin que las lágrimas rodaran por sus mejillas.

Ahora, mientras pasa sin premura las paginas recién estrenadas de su libro, le contempla. Como la primera vez.

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Y se queda prendida en los ojos invisible que le miran desde donde, alguna vez, volveran a verse.

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